Vemeer: Muchacha con el pendiente de perla PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Viernes, 12 de Octubre de 2007 12:33

"Muchacha con el pendiente de perla"


Vermeer de Delft.

Mauritshuis. La Haya. 1665.


En los Países Bajos se conserva una importante tradición pictórica, que arranca con los primitivos flamencos, continua con un segundo renacimiento personificado en figuras tan significativas como Peter Brueghel el Viejo, el Bosco o Quentin Metsys, y se prolonga brillantemente en un auténtico siglo de oro de la pintura durante la época barroca.

El S. XVII constituye ese momento de esplendor, aunque también supone en esta zona la definitiva ruptura entre católicos y protestantes, lo que de una parte supone históricamente la división política entre las Provincias del sur y las del Norte (Holanda), pero también la diferenciación artística entre ambos mundos artísticos (el de católicos y protestantes). Sobre todo en el Norte, donde se advierte un cambio mayor, introduciéndose géneros nuevos que gozan ahora de gran éxito, como el bodegón, el paisaje o el retrato. También se nota un cambio de mecenazgo, pues si en Holanda el arte queda en manos de burgueses que introducen sus gustos y aficiones en el ámbito artístico, en el sur se mantiene el mecenazgo tradicional, especialmente de la Iglesia.

Dos grandes pintores destacan en cada uno de estos ámbitos: Rubens en las regiones del sur, y sobre todo Rembrandt en Holanda, al que puede considerársele no sólo un pintor excepcional, sino el introductor junto con Velázquez de la pintura moderna. Y aunque su estrella es indudable que eclipsa la importancia de otros pintores de la época, no es menos cierto que la nómina de grandes pintores holandeses barrocos es la mejor prueba de que la Escuela creada era de una importancia extraordinaria: como muestra basten los nombres de Van Dyck, Hals o Vermeer de Delft, que por sí solos podrían cubrir una parcela de la Historia de la pintura universal. Es de este último del que nos vamos a ocupar en estas “Miradas”.

Vermeer de Delft, en realidad Johannes Van der Meer (Delft 1632-1675) debería incluirse entre los miembros de la Escuela de Leyden, caracterizada por sus obras de pequeño tamaño y tema burgués e intimista. Sin embargo Vermeer no se parece a ninguno de ellos porque el tratamiento tan personal de sus obras, en gran medida debido a su técnica y su luminosidad, las hace totalmente diferentes y de un valor universal.

Vermeer como tantos pintores holandeses de su generación fue un pintor independiente, a lo que ayudó que inicialmente fuera marchante de cuadros. Al principio de su obra realiza cuadros de tema mitológico y escenas urbanas entre las que destaca La callejuela (Rijkmuseum. Amsterdam) y la famosa Vista de Delft (Mauritshuis. La Haya). En ellos ya se advierte la minuciosidad de la que es capaz con el pincel y el tratamiento tan especial que le otorga a la luz.

Más adelante y después de su matrimonio con Catharina Bolnes que le dará diez hijos, abandona los temas mitológicos o de historia y se dedica de lleno al género de interiores, que es su producción más abundante y sin duda la que le otorgará reconocimiento y fama. En cualquier caso sus interiores carecen de elementos narrativos, son en realidad estampas de la cotidianidad, captadas con toda la serenidad y la placidez que transmiten los pequeños grandes momentos de cada día.

Por ello sus cuadros no pueden ser ostentosos, al contrario, tan solo cuentan con uno o dos personajes a lo sumo, retratados con una minuciosidad nítida y brillante que aún los acerca con mayor verismo al espectador; envueltos en una atmósfera serena y armoniosa, donde adquiere un papel protagonista el color, con sus tonos siempre suaves, azules, verdes o amarillos; y con una importancia extraordinaria de la luz como recurso pictórico: esa luz incomparable de Vermeer, una luz diáfana, siempre procedente de focos laterales y muchas veces diagonales, que recrean una atmósfera brillante y se posan sobre las figuras acentuando su claridad.

Y sin embargo, el cuadro que nos ocupa es una rareza en el conjunto de su obra. Por una parte, desconocemos a quién se representa, y tampoco sabemos si se trata de un retrato espontáneo o si por el contrario, como apuntan algunos autores es una muestra de los tronien o cuadros de disfraces con pretensiones historicistas que se pusieron de moda en la época. Se busca por ello posibles coincidencias entre el turbante de la muchacha y el atavío turco, si bien no consta entre los tronien de Vermeer que se conocen ninguna obra de sus características. Cambia también el entorno habitual de los cuadros de Vermeer, porque esos encuadres en habitaciones detallistas, llenas de objetos y referencias visuales, y envueltas en una luz resplandeciente, se ha sustituido ahora por un fondo neutro del que destaca con toda su fuerza el rostro de la muchacha.

En parte son estos factores que envuelven el cuadro, de singularidad y enigma, los que ya de por sí provocan un especial atractivo en la obra, pero no bastarían para llegar al embelesamiento con el que la joven de la perla nos seduce eternamente desde el lienzo. Son otras razones estrictamente pictóricas: tal vez el perfecto equilibrio cromático de azules y amarillos que envuelven la figura; tal vez el contraste entre el fondo negro y la luminosidad radiante del rostro de la joven; tal vez los pequeños detalles primorosos del pincel de Vermeer, que a partir de un minúsculos puntos de luz transmite toda la carga de sensualidad de la muchacha, sobre los labios carnosos, sobe las pupilas que nos miran, sobre la perla, que al fin y al cabo da título a la obra; o tal vez, la propia naturalidad y frescura de la expresión, que girada la cabeza sobre el espectador parece haber detenido su juventud en un instante eterno de belleza y familiaridad. O puede que por todo a la vez. Lo que sí es cierto es que ese trata de un retrato único, no sólo en la obra de Vermeer, sin duda en toda la Historia de la pintura.



 

 

 

 

Comentarios  

 
#1 genesis feliz perez 29-03-2011 15:54
me gusto mucho..... este tipo de arte.
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