| W. Turner: "El Temerario conducido al desguace" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”El Temerario conducido al desguace” W. Turner. National Gallery. Londres. 1839. A William Turner (Londres 1775-1851) no siempre es fácil encuadrarlo en un determinado movimiento de la pintura del S. XIX. Es heredero de la tradición romántica en su predisposición hacia el paisaje, al que trata además bajo la estética de lo sublime y lo pintoresco. Pero en cierto modo, Turner es también un pintor que busca una nueva variante de la realidad en la pintura, es más, su obsesión por representar con exactitud la naturaleza le inspiró en una ocasión la idea de atarse al mástil de un buque de vapor durante cuatro horas de tormenta para observarla con detenimiento (Tormenta de nieve...”. Tate Gallery. Londres. 1842). En este sentido podría considerarse un pintor realista, aunque peculiar, porque en cierto modo más que la realidad física de la naturaleza, lo que pretende es representar con exactitud las sensaciones que producen su visión y sus fenómenos. De todas formas no habría que olvidar que sus obras más innovadoras no llegaron a ser expuestas, porque prefería mostar aquellas que iban a contar con el aplauso del público y que por tanto no eran nada revolucionarias, sino más bien vinculadas al paisajismo inglés tradicional. Por otra parte este tipo de innovaciones las desarrolló preferentemente en sus obras de acuarela, técnica que prodigó frecuentemente y que permitía por su singularidad, la disolución de las formas entre baños de color. Aún así también trabajó el óleo, como en el caso que nos ocupa, y es en estas obras que más nos interesan desde el punto de vista de su modernidad en las que emplea una solución técnica enormemente innovadora, en la que a base de la disolución de las formas en pigmentos de luz y color, se transforma la naturaleza real en sentimiento personal. Esta nueva plástica que resulta de su pincel puede considerarse sin temor un antecedente inmediato del Impresionismo, y es indudable la influencia del pintor en este movimiento por más que sus seguidores lo negaran. Su producción es numerosa, y como hemos indicado reincide en el tema paisajista, pero es indudable que lo trata con una valoración diferente que el resto de pintores realistas, porque su naturaleza está exaltada, transmitiendo siempre una connotación transcendente que ahonda en una parcela a veces espiritual, a veces mística, pero siempre intelectual, que sólo muy lejanamente evoca resabios románticos. Esa es su primera gran aportación. La segunda es su técnica novedosa: Esas formas desvaídas en las que el color se diluye en un magma que empieza a cobrar valor por sí mismo, en una autonomía que a veces es casi totalmente abstracta. Decía John Constable respecto a la pintura de Turner que sus obras “están hechas de vapor teñido”. Turner llega a otorgarle a determinados colores valores emocionales concretos, estableció la prioridad cromática del azul y el amarillo y comenzó a introducir el sombreado a base de color, uno de los principios fundamentales del Impresionismo. Y todo ello sin olvidar una pincelada tan suelta como diluído es su color, lo que desintegra las formas y le convierte por todo ello en un antecedente imprescindible de la modernidad. Pero como hemos dicho al principio son sus obras más novedosas las que menos interés suscitaron en su momento, y así ocurrió precisamente con su “Temerario”, que al ser exhibido en la exposición anual de Por una parte era un cuadro temáticamente ligado al Romanticismo, de hecho recupera el cuño melancólico para hacer un hermoso homenaje al viejo navío de guerra que había batallado en Trafalgar y que después de cuarenta años de servicio y de gloria marchaba hacia su fin. El paisaje está sublimado y adquiere todo el ambiente entre fantasmal y visionario del sentimentalismo romántico. Aunque eso no impide técnicamente el juego de luz y color que hará grande la obra de Turner: el color se convierte en una bruma cromática, presidida por tonalidades azules y amarillas, de la que surge fantasmagórico el Temerario, arrastrado por un remolcador a vapor que actúa como un elemento de contraste con el barco, como si con ello se quiera expresar el cambio de los tiempos y el fin de una etapa que se está transformando a toda prisa camino de la modernidad. Lo mismo que le está ocurriendo a la pintura de su autor, porque técnicamente el “temerario” es Turner en el trabajo del pincel y en la aplicación del color. Por lo demás el cuadro es un clásico de su autor: el paisajista romántico que evoca lo grandioso; el autor que aúna naturaleza y sentimiento; el cromatista del “vapor teñido”, y en fin, el maestro precursor de la utilización de la luz y del color como elementos protagonistas del nuevo lenguaje pictórico.
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