| Yves Tanguy: "El sol en su joyero" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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"El sol en su joyero"
Peggy Guggenheim Col. Venecia. 1937. El Surrealismo es la última de las vanguardias que surgen con anterioridad al estallido de
Conserva también su defensa de la libertad plena en el proceso creador y por ello resultaron determinantes en su formación los descubrimientos de Sigmund Freud sobre el subconsciente, desarrollados precisamente en aquellos mismos años de consolidación del grupo surrealista, la década de los años veinte. El psicoanálisis venía a demostrar que sólo actuamos verdaderamente libres cuando liberamos la mente, cuando abandonamos la conciencia y la razón. Es decir durante el sueño, o en la vigilia actuando de forma inconsciente. El proceso creador a partir de aquí se convierte en una sucesión de imágenes cercanas al mundo de los sueños, de imaginación y fantasía desbordante, y que introduce mecanismos para liberar el consciente en la vigilia, como la creación automática y espontánea. El grupo surge alrededor de la figura de André Breton que llega a defender en el Manifiesto surrealista de 1924: "el automatismo psíquico puro, que permite expresar el interior de la mente en ausencia de cualquier control ejercido por la razón, y al margen de cualquier preocupación estética o moral". Ciertamente, en otros momentos de
Ahora no obstante, se trata de un grupo organizado y con un criterio creador común, cuyo nombre, propiciado por el poeta Apollinaire, es ilustrativo de sus objetivos, la plasmación del mundo subreal, de aquella realidad que se esconde más allá de nuestra consciencia, y que carece de nuestras convenciones, como por ejemplo el espacio o el tiempo. Son pintores surrealistas René Magritte , Max Ernst, Joan Miró, Salvador Dalí o Yves Tanguy, al que hemos elegido por ser el más sugerente y probablemente el de mayor calidad de todos los artistas del grupo. Yves Tanguy comenzó a pintar sin ninguna formación previa y en concreto cuando se vio totalmente subyugado por la contemplación de una obra de Giorgio da Chirico, que sin duda está presente como una influencia continua en toda su obra. Su surrealismo es abstracto, el más abstracto de todos los artistas del grupo, y aunque habitualmente se han querido reconocer en sus pinturas paisajes estelares, bioformas petrificadas o un “universo de eyaculaciones cósmicas”, la verdad es que Tanguy lo único que hace es conjugar las formas, las líneas y una gama severa de colores para dar lugar a un ejemplo de pintura pura, al igual que ocurría con la pintura abstracta, de ahí nuestro interés por este pintor surrealista, porque aunque el origen de estos espacios imaginados por Tanguy esté en su subsconciente, el resultado va más allá de cualquier tendencia constreñida por sus manifiestos. Aún así Tanguy fue uno de los miembros más fieles al grupo surrealista y Bretón le tuvo en una estima especial. No se llevó nada bien con Dalí, aunque sí fue buen amigo de Miró. La obra que nos ocupa es una de las más conocida de su amplio repertorio. Es uno de sus espacios característicos, en el que no podemos concretar la línea de horizonte, y por tanto no sabemos distinguir entre cielo, tierra o mar; en el que la luz se extiende en amalgamas, y en el que las formas se resuelven con los más variados y originales modelados. El trazo definido, y el color repartido en múltiples gamas de dos tonos, hacen el resto. Meticuloso, preciso, casi espectral, el cuadro nos llama para introducirnos en él y vagar por esos espacios siderales que sólo caben en el mismo joyero en el que se guarda el sol. ![]()
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