| J. Renoir: "La regla del juego" |
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| Escrito por Joaquín Vallet |
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Jean Renoir
Cuando Jean Renoir comienza la realización de La regla del juego vive uno de los momentos más creativos de toda su carrera como cineasta. En solo tres años ha facturado seis obras maestras: Una partida de campo, El crimen de Monsieur Lange, Los bajos fondos, La gran ilusión, En La regla del juego no valen éstos conceptos. La división de clases se convierte en un mal endémico donde no existe ningún tipo de valor cívico. Amos y criados se comportan de la misma manera, exhibiendo los mismos defectos y presentando su irracional visión de la existencia como metonimia de una sociedad que se refocila en su propia ignominia. En descripción de Octave, personaje interpretado por el mismo Jean Renoir, la clase dominante presentada en el film se muestra como un conjunto de “parásitos”, seres que discurren por la vida anclados a su posición económica, con la comodidad que ello les ofrece. Algo que, de igual manera, se extiende a sus asalariados, deseosos de acceder al servicio de los señores como una manera de equiparación estamental, cuyo único objetivo reside en integrarse dentro de la mansión con una clara disposición arribista (Marceau) o mantenerse al servicio de la marquesa como una forma indirecta de alcanzar una vida fácil (Lisette). Navegando entre ambos se hallaría el mismo Octave, un ser consciente de su inutilidad, que vive apegado a la comodidad de la nobleza aunque, en el fondo, sea un desclasado. Muestra palpable de la pequeña burguesía, Octave discurre por el inconsciente apego a la vida fácil y su frustración por no dedicarse a algo de provecho que le haga crecer como ser humano. El contexto en el que todos estos personajes se encuentran posee una tirantez latente, una especie de polvorín que, en cualquier momento, puede estallar provocando una tragedia. A este respecto, La regla del juego se sirve de determinados aspectos premonitorios como base de su desarrollo argumental. En efecto, al incio del film, vemos la llegada del aviador André Jurieux, que se ha jugado la vida cruzando el océano para impresionar a la caprichosa Christinne, la cual ni siquiera ha ido a recibirle al aeropuerto, causando el desconcierto en el piloto. Todo ello se extenderá hasta la secuencia final, ya que la muerte de André estará condicionada por Christinne, la cual se halla en el jardín, aunque no esperándolo a él sino a Octave. El desapego (o, más bien, la indecisión) de los sentimientos de Christinne respecto a André, ya se encuentran nítidamente expuestos en la primera secuencia, así como la no aceptación de dicha incertidumbre por parte de André. Algo que, en la última secuencia, adquirirá todo su potencial dramático. De igual manera, la representación musical de A éste respecto, la puesta en escena de Jean Renoir se revela, de todo punto, maestra. Ante todo, cabría hacer hincapié en la utlización de la profundidad de campo, elemento que adquiere una trascendencia dramática absolutamente fundamental (recordemos, asimismo, que la película es dos años anterior al Ciudadano Kane de Orson Welles), sobre todo, para disponer a los personajes por el decorado y materializar el caos interno en el que éstos se hallan sumidos. Renoir centra su atención en la movilidad de los actores (memorables, a éste respecto, las secuencias en los pasillos cuando los personajes se dirigen a sus habitaciones), cubriendo todo el espacio y aprovechando al máximo las amplias posibilidades que la opción formal de Renoir ofrece. Opción que adopta una aparente tendencia “vodevilesca” (sustentada en equívocos y en la sempiterna presencia de las puertas) que, en el fondo, únicamente oculta amargura y misantropía. Última película de Jean Renoir en Francia antes de su marcha a los Estados Unidos, La regla del juego es una película compleja y minuciosa, repleta de apasionantes aristas. Una de las grandes obras maestras de Otros artículos de esta sección...
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