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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)
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¿Cuántos eran los Reyes Magos? Las fuentes orientales y occidentales sobre las que se basó la iconografía de estos personajes no coincidían en el número, porque en el Evangelio de san Mateo, el único que cuenta la adoración de los Reyes, no se decía nada de cuántos fueron. Podían ser dos, cuatro o hasta doce, y si eran número par era más fácil su representación, ya que al ser tres dificultaban la simetría que los artistas buscaban en las composiciones de grupo. Eso sí, en el año 1439 se había celebrado en Florencia un Concilio sobre la Unión de las Iglesias, y es en ese Concilio donde las Iglesias de Oriente y Occidente habían debatido el dogma de la Santísima Trinidad. El hecho de que los Reyes Magos, por ejemplo, acabaran viendo fijado su número en tres fue relacionado con el misterio de la Santísima Trinidad.
Pero hasta entonces, esta indefinición llevó, por ejemplo, a que después del descubrimiento de América se representara en alguna ocasión a un cuarto rey, un rey de las Indias Occidentales, para personificar el cuarto continente recién descubierto.
Sin embargo, los Reyes Magos acabaron siendo tres, como todos sabemos, y no sólo porque se pudiera relacionar con la Santísima Trinidad, y sus presentes al Niño recordaran que éste era rey (el oro es la ofrenda a un rey), Dios (el incienso) y hombre (la mirra, utilizada para embalsamar los cuerpos y, por tanto, recuerdo de lo mortal), sino también porque los tres Reyes representaban a los tres continentes: Asia (Gaspar), África (Baltasar, de ahí que acabase representándose como un rey negro) y Europa (Melchor).
Otro significado simbólico es el que los tres hijos de Noé partieran cada uno a un continente, Sem a Asia, Cam a África y Jafet a Europa.
Se podían identificar también con las tres virtudes teologales: el oro con la caridad, que a su vez se identifica con el color rojo con el que va vestido Melchor, el incienso con la fe y con el color blanco, el de Gaspar, y la mirra con la esperanza y el color verde, el color con el que suele vestirse Baltasar.
Por último, no hay que olvidar que en la fase flamenquizante del Gótico se produce una importante variación en el planteamiento iconográfico de la representación de la Adoración de los Reyes Magos, que se ha mantenido vigente desde entonces hasta nuestros días. Se trata de la representación del rey Baltasar con la piel de color negro y con rasgos raciales diferenciados, lo que no ocurría con anterioridad
Esta nueva propuesta tuvo su origen en Alemania, a principios del siglo XV, y alcanzó una gran difusión en toda Europa en la segunda mitad de esta centuria.
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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Al comienzo de la cultura sólo encontramos el gusto por el adorno, por el esplendor centellenate de los metales preciosos que se utilizan entonces como aderezo. Después el placer consistió en el máximo ornato. A esto se añade más tarde el placer por la posesión de muchas alhajas, el cual se convierte fácilmente en un placer por la posesión de muchos objetos de adorno.
La primera cima que alcanza esta carrera en pos del oro es el placer por la pura posesión del precioso metal, sea cual sea la forma en la que se presente, si bien continúa prefiriéndose en formas estéticas. Es la época de la acumulación de tesoros. Los primeros documentos históricos que nos hablan de la actitud de los pueblos germanos en relación con el oro (y la plata) datan precisamente de esa época.
Para Gustav Freytag, “los germanos eran un pueblo sin dinero, cuando se lanzaron contra las fronteras romanas; la moneda romana de plata entonces en curso era mala ya desde el siglo III, mero cobre plateado de valor inestable. Así, pues, fue el oro lo primero que cautivó el deseo de los germanos. Pero no les gustaba como metal acuñado, lo codiciaban como adorno de guerra y para las copas de homenaje en los banquetes, como corresponde a un pueblo joven que gusta de exhibir sus riquezas, [...] Una alhaja valiosa era honra y orgullo del guerrero. Pero para el señor que mantenía al guerrero la posesión de tales joyas encerraba un valor aún mayor. El jefe tenía el deber de ser generoso con sus hombres, y la mejor prueba de esta generosidad era la abundante distribución de valiosos objetos de adorno. Quien podría permitírsela estaba seguro del elogio del trovador y de la alabanza de sus seguidores, así como de poder conseguir en todo momento el apoyo que precisase [...] En la época de las emigraciones se generalizó, según parece, la costumbre de constituir un tesoro familiar. Leovigildo, hacia el año 568, fue uno de los primeros en formar un tesoro y en adoptar vestiduras reales y el uso del trono; hasta entonces los monarcas visigodos se habían codeado con el pueblo, vistiendo y viviendo como un individuo cualquiera. A partir de aquel momento el poder real va a descansar sobre el imperio, el tesoro y el pueblo.
El tesoro de un monarca estaba compuesto por alhajas y utensilios (primero de oro, más tarde también de plata), brazaletes, fíbulas, diademas, collares, vasos, cuernas, cuencos, fuentes, jarras, bandejas, arneses, en parte trabajados por artífices romanos, en parte de fabricación local; se componía además de piedras preciosas y de perlas, de valiosas vestiduras tejidas en los telares imperiales y de lujosas y aceradas armas. Posteriormente pasaron a formar parte del tesoro las monedas de oro, sobre todo cuando por su tamaño o acuñación se salían de lo corriente; por último también se incluyeron lingotes de oro fundido en forma de barras, a la manera romana, y de ampollas y cuñas, al estilo teutón. También los reyes preferían el metal precioso trabajado al monótono dinero, y ya en el período de las emigraciones se concedía más valor a un trabajo reputado como fino y bello y a unas piedras preciosas engarzadas. Además se buscaba la suntuosidad en el volumen y peso de los diversos objetos. Se fabricaban en tamaño gigantesco, como era el caso de las fuentes de plata que habían de ser izadas a la mesa por medio de máquinas. Joyas de este tipo eran recibidas por el monarca como presentes intercambiados en todo acto oficial: visitas, embajadas, tratados de paz y, sobre todo, en calidad de tributo por parte de los romanos que estaban obligados a pagar la no despreciable suma de 300.000 libras de oro al año.”
(Werner Sombart: El burgués. 1913)
(Imagen de cabecera: Corona del tesoro de Guarrazar) |
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Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)
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Antonio Saura Atarés (Huesca, 1930-Cuenca, 1998) comenzó a pintar como vía de escape a la tremenda enfermedad que le tuvo postrado en cama entre los trece y los diecisiete años de edad.
Completamente autodidacta, en 1950 expuso por primera vez en la desaparecida galería Libros de Zaragoza, ciudad que se situaba por entonces a la vanguardia del arte español de la postguerra. El éxito de sus primeras exposiciones le conduce a París donde entra en contacto con lo más avanzado de la creación artística europea.
En 1957 Saura colabora en la fundación del efímero grupo El Paso imprescindible para entender el proceso de renovación del arte español del momento. Un año más tarde participa, junto a Antoni Tàpies y Eduardo Chillida en la Bienal de Venecia y, ya en 1959, en la Documenta de Kassel.
La pintura de Saura se estructura en series que, sin abandonar nunca la figuración, evolucionan desde el riguroso informalismo en blanco y negro de los años 50 hacia un tono más alegre y colorista en su obra final.
La figura y la obra de Antonio Saura disponen de una web oficial muy interesante en la que se puede encontrar todo tipo de información y una amplia galería de imágenes de buena calidad. Si quieres visitarla AQUÍ.
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Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)
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R. Henri, The Art Student, 1906
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E. Hopper, Summertime, 1943
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¿Sabes qué tienen en común estos dos cuadros? En ambos la modelo es Josephine Nivison, una pintora norteamericana que ha pasado a los libros de historia del arte como la esposa y modelo casi única de los cuadros de Edward Hopper.
Entre los dos cuadros hay una gran diferencia. En el de 1906, Jo Nivison es una prometedora estudiante de arte que compagina sus dos grandes pasiones: la pintura y la interpretación teatral. En el de 1943, Josephine es una mujer que ha abandonado casi por completo el ejercicio de la pintura en beneficio de la obra de su marido.
El punto de inflexión entre ambas situaciones se sitúa en 1924, cuando Jo Nivison, por entonces una pintora que comienza a ganarse un nombre entre los artistas neoyorquinos, se dispone a participar en una exposición colectiva en el Museo de Brooklyn. En conversación con los organizadores de la muestra, Jo Nivison les propone incluir algún cuadro de un antiguo compañero de estudios que acaba de reencontrar y que no ha conseguido ningún éxito hasta el momento como pintor.
Contra todo pronóstico, Hopper es el gran triunfador de la exposición y alcanza una fama meteórica. Poco después, Josephine Nivison y Edward Hopper contraen matrimonio y ella pasa a convertirse en la modelo de la práctica totalidad de los cuadros de él, abandonando el ejercicio de la pintura. En esta decisión influyó notablemente la actitud de Edward Hopper quien se encargaría repetidamente de infravalorar y despreciar la condición de pintora de Jo Nivison.
Los cuadros de Jo Nivison son en este momento muy poco conocidos. La mayor parte de ellos pertenecen a los fondos del Withney Museum como consecuencia la donación llevada a cabo por la propia Josephine, aunque poco a poco comienzan a despertar interés entre la crítica especializada.
En Artecreha creemos que el caso de Jo Nivison es un buen ejemplo de la marginación que las mujeres han sufrido en el mundo de la creación artística durante siglos. Por eso le hemos dedicado una breve biografía en nuestro blog Mujeres Artistas coincidiendo con la cifra redonda de 100 artículos dedicados a mujeres que han practicado alguna actividad artística. Si quieres leer el artículo, pulsa AQUÍ.
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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La cadena de montaje, una de las mayores revoluciones de la industria en el siglo XX, fue inventada por el empresario norteamericano de la industria automovilística Ransom Eli Olds (1864-1950), fundador de la Olds Motor Vehicle Company en 1897 (futura empresa Oldsmobile). Fue pionero de la producción en serie mediante la aplicación del sistema de “cadena de montaje” años antes que Henry Ford, aunque fue este último el que la llevó a su perfección aplicando los principios del “management científico”(organización del trabajo a partir de estudios de tiempos, movimientos, estandarización de herramienta, planificación, etc.) de Frederick Winslow Taylor (1856-1915)(ingeniero mecánico y economista estadounidense) buscando una mejora del rendimiento del trabajo.
Para ilustrar la cadena de montaje proponemos acceder a la web de “National Film Preservation Foundation” y visionar una serie de films cortos (recientemente recuperados y restaurados, fechados en torno a 1917) sobre el trabajo de la cadena de montaje de la compañía “Dodge Motor Cars”, donde podemos ver las distintas tareas que tenían lugar para el montaje de automóviles. Para acceder pinchar AQUÍ.
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