|

NARDI. – Señor...
EL REY. – Alzaos.
(NARDI se levanta.)
EL MARQUÉS. – Maestro Nardi: se os ha llamado a presencia de su majestad para que, como excelente pintor que sois, enjuicieis las pinturas de don Diego sin que ninguna consideración de amistad o cortesía pese en vuestro ánimo. Decidnos lealmente si la tarea que ha venido cumpliendo Velázquez como pintor de cámara es, a vuestro juicio, la debida.
NARDI. – Señor: debo encarecer ante todo a mi admirado colega que mis pobres opiniones no pretenden poner en duda ni la reconocida excelencia de sus prendas personales ni la buena fe con que pintó sus obras...
VELÁZQUEZ. – Me conmovéis, maestro.
NARDI. – Mas debo responder en conciencia, pues que su majestad lo manda. Creo yo que el pintor Velázquez, cuya maestría es notoria, no es, sin embargo, un buen pintor de cámara.
EL MARQUÉS. – ¿Por qué?
NARDI. – ¿Cómo diría?... En su labor no guardó creo, las proporciones debidas.
EL MARQUÉS. – ¿Cómo se entiende?
NARDI. – Ha pintado un sólo cuadro de batallas, cuando nuestras gloriosas batallas han sido y son tan abundantes. Y aún creo, como pintor, que la “Rendición de Breda” es una tela demasiado pacífica; más parece una escena de corte que una hazaña militar.
EL MARQUÉS. – (Sonríe) Proseguid.
NARDI. – Aún más grave hallo que nos convide a reír del glorioso soldado de nuestros tercios en otra tela suya...
[...]
EL REY. – Proseguid, maestro Nardi. Ibais a decirnos que nuestros soldados habían llegado a ser cosa de burla para Velázquez.
(El Marqués se aposta junto al dominico.)
NARDI. – En su regocijante pintura del dios Marte, señor. Es claro que esa figura pretende representar a un soldado de Flandes. Y cuando no es burla, en la pintura de don Diego hallamos desdén o indiferencia, mas no respeto. Los mismos retratos de personas reales carecen de la majestad adecuada. Se diría que entre los perros o los bufones que él pinta y... sus majestades, no admite diferencias. Otro tanto podría decir de sus pinturas religiosas: son muy pocas y no creo que muevan a devoción ninguna, pues también parece que sólo busca en ellas lo que tiene de humano lo divino.
VELÁZQUEZ. – ¿Habláis como pintor o como cortesano, maestro Nardi?
NARDI. – Hablo como lo que somos los dos, maestro Velázquez: como un pintor de la Corte.
VELÁZQUEZ. – Quizá no habéis citado mis pinturas más cortesanas...
NARDI. – Era vuestro deber pintarlas y quedaría por saber si había sido vuestro gusto. Es claro que lo que más os complace pintar es aquello que, por azar o por triste causa natural, viene a ser menos cortesano... Los bufones más feos o más bobos, pongo por caso.
VELÁZQUEZ. – Esos desdichados tienen un alma como la nuestra. ¿O creéis que son alacranes?
NARDI. – Estoy por decir que pintaríais con igual deleite a los alacranes.
VELÁZQUEZ. – ¡Yo, sí! ¡Pero vos, no! ¿Que diría la Corte?
(El fraile sonríe.)
NARDI. – En mi opinión, señor, don Diego Velázquez se cree un leal servidor y procura serlo. Pero su natural caprichoso... le domina. Es como su famosa manera abreviada... (Remeda despectivo, en el aire, unas flojas pinceladas.) Casi todos los pintores la atribuyen a que ha perdido vista y ya no percibe los detalles... Yo sospecho que pinta así por capricho.
VELÁZQUEZ. – Me hacéis un gran honor.
NARDI. – Sí, y sin mala intención... Mas al pintar así desprecia al modelo sin darse cuenta..., aunque el modelo sea regio. Hablo siempre como pintor, claro. Aunque sea cortesano.
VELÁZQUEZ. – Respondedme como pintor a una pregunta, maestro. Cuando miráis a los ojos de una cabeza, ¿cómo veis los contornos de esa cabeza?
NARDI. – (Lo piensa) Imprecisos.
VELÁZQUEZ. – Esa es la razón de la manera abreviada que a vos os parece un capricho.
NARDI. – Es que para pintar esos contornos, hay que dejar de mirar a los ojos de la cabeza y mirarlos a ellos.
VELÁZQUEZ. – Es vuestra opinión. Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver.
NARDI. – (Alza las cejas) ¿El ver?
[...]”
(Antonio Buero Vallejo: “Las meninas”. 1975) |