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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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“No hay figura retórica más típica del lenguaje manierista que la figura sepentinata. G. P. Lomazzo, en su Tratatto de 1584, nos ofrece una exposición diáfana que, significativamente, parte de una cita de Horacio donde se afirma que poetas y pintores tienen idéntica licencia para actuar como gusten:
En una ocasión Miguel Angel dio a su discípulo Marco de Siena este consejo: que uno debería hacer siempre la figura piramidal, serpentina, y multiplicada por uno, dos o tres. Y en este precepto, me parece a mí, está el secreto de la pintura, pues una figura tiene su mayor gracia y elocuencia cuando se la ve en movimiento, lo que los pintores llamas Furia della figura. Y para representarla así no hay mejor forma que la de la llama, porque ésta es la más móvil de todas las formas y es cónica. Si una figura tiene esa forma será muy bella... El pintor debería combinar esta forma piramidal con la Serpentinata, como la torcedura de una serpiente viva en movimiento, que es también la forma de una llama ondeante... [...] La figura no parecerá graciosa a menos que tenga esta forma serpentina, como la llamaba Miguel Ángel.
Y de hecho Miguel Angel la inventó. El primer ejemplo que nos ha llegado es su Victoria, tallada en 1527-28 para la tumba de Julio II. Le sucedió de inmediato el influyente modelo de Sansón y los Filisteos en el que la figura serpentinata fue “multiplicada por tres”. Sin embargo, esta forma evoluciona a partir del contrapposto clásico, una de las recuperaciones más típicas del primer Renacimiento... [...]
La palabra contrapposto, que se aplica también a una figura retórica muy del gusto de Petrarca, significa en artes visuales un sistema de componer el cuerpo humano que había sido característico de la escultura antigua. Las partes del cuerpo se disponían asimétricamente, de modo que al giro de la cabeza se oponía el de las caderas, una pierna recta sostenía el peso del cuerpo mientras que la otra quedaba libre y flexionada, y así sucesivamente. Pero todas las asimetrían se conciliaban en un equilibrio final.”
(John Shearman: “Manierismo”) |
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Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)
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Las convulsiones religiosas, sociales y políticas que sacudieron Europa durante la época de la Reforma y de la Contrarreforma tuvieron también su reflejo en la caricatura y la sátira gráfica utilizada como medio de propaganda.
Autores de todas las categorías, incluidos algunos de la talla de Alberto Durero (imagen superior), practicaron este tipo de ilustración que la historiografía ha olvidado en muchos casos por lo polémico de su contenido.
Hoy en Artecreha queremos recuperar algunas de estas sátiras anticlericales convencidos de que os resultarán curiosas y entretenidas. Para acceder, pulsa AQUÍ.
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)
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AQUÍ |
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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“El aspecto más espectacular de la fiesta fue sin duda la participación en ella de los carros o “rocas”. Su origen, como el de su nombre, es oscuro. Orti da como fecha de sus salidas el año de 1535, pero probablemente son más antiguas, pues en 1373, a la entrada en Valencia de Doña Mata, esposa del futuro Juan I, salieron algunas. Volvieron a salir en una fiesta en 1402. El “Manual de Consells”, en fecha 7 de mayo de 1415, contiene un acuerdo de los Jurados de pagar algunas rocas en nombre de la Ciudad. En cualquier caso, sabemos que en la época [...] eran elemento imprescindible en las procesiones y habían perdido gran parte de su primitivo carácter de tablado teatral ambulante para convertirse en auténticos monumentos, plagados de imágenes y escenas. En las procesiones de la fiesta de 1662 salieron nada menos que treinta y nueve, distribuidas del siguiente modo: once de la Universidad (una de ellas perteneciente a la Ciudad y que solía salir en el Corpus), tres de la Ciudad y veintitrés de los Gremios.
Unas contenían personas y animales vivos (carros de locos, de gitanas, de musas, de perros y gatos, etc.); en algunos casos sus ocupantes arrojaban al público dulces, estampas, coplas impresas o productos del propio Gremio. Casi todas las rocas de nuestra fiesta son naviformes, pero sólo algunas representan verdaderamente naves, con su arboladura y el mar fingido debajo (carros de los Curtidores y de los Pescadores). Las hay también en forma de animal fabuloso, como la magnífica de los Carpinteros, que obtuvo el segundo premio, cuyo monstruo arrojaba por las fauces humo y chispas, o la de los Armeros, en forma de dragón. Estaban vistosamente pintadas, siendo uno de los colores más empleados para sus ornamentos el dorado. Los adornos no sólo eran figurados por medio de pintura o talla, sino también de ricas telas, plumas y algodón. Sus flancos iban adornados en muchos casos con escudos y tarjas en las que se pintaron jeroglíficos alusivos al gremio y a la festividad. En algunos, los muñecos o ciertos elementos se movían por medio de mecanismos ocultos. No conocemos a sus autores, que fueron sin duda miembros del Gremio de Carpinteros, muy diestros y no carentes de sentido del humor.”
(Pilar Pedraza: “Barroco efímero en Valencia”. 1982) |
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