| Los geoglifos de Nazca |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Uno de los exponentes más espectaculares de las culturas precolombinas es el de los geoglifos de Nazca, cientos de figuras y líneas sobre el suelo desértico de la región de Nazca (Perú), cuyo descomunal tamaño sólo puede apreciarse en toda su dimensión desde una visión aérea. Fueron realizados por la cultura Nazca, una civilización desarrollada en esa región del Perú entre los siglos I y VI de nuestra era, y han dado lugar a toda una serie de hipótesis sobre su realización y significado, que en no pocas ocasiones han coqueteado con teorías dedicadas al esoterismo y la ciencia ficción. La realidad es mucho más seria porque lo cierto es que están hechas con una extraordinaria perfección, de líneas precisas, formas muy realistas y tamaños que pueden alcanzar varios kilómetros de largo, y que ocupan en total más de 500 Km2 de extensión, sobre todo teniendo en cuenta que se han contabilizado más de 800 figuras entre imágenes zoomorfas, fitomorfas y geométricas sobre la superficie terrestre. Ya los españoles que llegaron a la zona advirtieron el fenómeno. El primero sería Pedro Cieza de León, quien en 1547 veía: "señales en algunas partes del desierto que circunda Nazca". Sólo unos años después, Luis Monzón, decía en 1568 que "se trataba de carreteras". Y si bien es cierto que las figuras pueden verse parcialmente desde tierra serían los pilotos peruanos los primeros en verlas en toda su extensión ya entrado el S. XX. Desde entonces se ha sucedido una amplia saga de investigadores que han estudiado seriamente estos geoglifos. El primero Toribio Mejía a finales de los años veinte. En la década de los treinta Paul Kosok aventura que se trataba de centros de ceremonias, siendo su discípula, Maria Reiche, quien los considera con un significado astronómico. En cualquier caso y más allá del atractivo de su interpretación, lo cierto es que se trata de una de las grandes obras de la humanidad y que por ello los geoglifos de Nazca son patrimonio de la humanidad desde 1994. Veamos ahora algunos textos relacionados con la investigación de estos geoglifos para comprender mejor su ejecución y su significado: "Las poblaciones de agricultores cultivaron las tierras y dibujaron en el suelo geoglifos, es decir, inmensas figuras antropomorfas, zoomorfas, fitoformas y geométricas. Para trazar en el suelo estos gigantescos motivos, el hombre aplicó un método de extremada simplicidad, que consiste en remover una primera capa superficial de tierra y piedras para hacer aparecer un segundo estrato, más claro. Debido a sus dimensiones, sólo la visión desde gran altura permite percibirlas en su globalidad; sin embargo, los geoglifos también pueden leerse y recorrerse desde el suelo, manteniendo intacto su significado. El análisis admitido reconoce en los geoglifos de forma geométrica (alineamientos) elementos astronómicos relacionados con el calendario. María Reiche, investigadora que dedicó gran parte de su vida al estudio de los geoglifos, confirmó su papel de calendario y la posibilidad que ofrecían de poder observar los solsticios. Además, la presencia de ofrendas consistentes en objetos de cerámica, halladas en algunos de ellos, indican que determinados geoglifos se utilizaban también como lugares de culto". D. LÉVINE & I. TISSERAND-GADAN: Las imágenes de la pampa de Nazca. En Arqueología. Grijalbo. Toledo. 1996, pág 278. "Una de las manifestaciones más sorprendentes y que ha llamado incluso la atención de los aficionados a la ciencia ficción, son las famosas pistas o líneas de dibujos de Nazca que se encuentran en las Pampas de Ingenio, entre Nazca y Palpa, en una extensión de 500 m2. Sobre un desierto de cascajo rojizo oscuro aparecen una serie de diseños de color blanco-amarillento a escala gigantesca. Son ligeros surcos en el suelo hechos retirando la capa de tierra superficial. Varias circunstancias ayudan a su conservación. Los vientos cargados de arena no la depositan en esta llanura sino a un centenar de kilómetros de distancia, en enormes dunas. A pocos centímetros del suelo, el movimiento del aire disminuye considerablemente porque el color oscuro absorbe mucho calor, formándose una especie de cojín de aire caliente, inmóvil. Y el suelo contiene yeso que, junto con el rocío matutino permite que las piedras permanezcan pegadas al terreno. Hay pistas trapezoidales y rectangulares, espirales, zig-zags y representaciones de animales y plantas, que se prolongan durante kilómetros. Pero no es necesario, como se ha dicho, apreciar las figuras desde el aire; son perfectamente visibles desde las lomas cercanas. Para algunos investigadores las pistas tendrían que ver con antiguas parecelaciones de carácter agrícola y las representaciones de animales y plantas con aquellos que tenían relación de alguna manera con el cultivo: la tarántula, símbolo de fecundidad, el buitre, precursor de lluvia, el vareg, alga utilizada como abono..." E. SÁNCHEZ MONTAÑÉS: El arte precolombino II. En Historia del arte. Historia 16. Vol 22. Madrid 1989, pág 67-68. "En los alrededores de Nazca y en el valle de Viru existen unos extraños grafismos trazados en el desierto. La zona en la que se encuentran no recibe nunca lluvia; las piedrecillas que cubren la superficie arenosa contienen probablemente hierro, y el sol de muchos milenios ha formado una pátina oscura en su cara superior. Los nazcas levantaron las piedrecillas dejando que apareciera el color claro de la arena de debajo, y formaron así dibujos de kilómetros de largo que sólo pueden apreciarse completamente en una visión aérea. Líneas rectas, que tiene una extensión de 500 m a más de 8 Km y de una rectitud perfecta; áreas de forma trapezoidal o rectangular; espirales, líneas quebradas y figuras de animales, como el gran colibrí, que se relacionan con la pintura nazca estaban destinadas a ser contempladas por las divinidades o tenían, quizá, significados astronómicos. Algunas líneas que señalan equinoccios y solsticios parecerían indicar que se trataba de un calendario". E. OCAMPO: América precolombina. En Historia del arte. Vol X. Planeta. Madrid 1994, pág 247.
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