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Cuando pensamos en graffiti inmediatamente nos vienen a la mente las pinturas realizadas en los vagones del metro de Nueva York o en las calles de las ciudades actuales. En cualquier caso siempre lo identificamos con el arte de las últimas décadas.
Son de sobra conocidos los precedentes históricos que se remontan hasta la antigüedad. Sin embargo, diferenciamos con nitidez las inscripciones de otras épocas con el graffiti contemporáneo tanto por técnica, como por intencionalidad y planteamiento.
Pero el graffiti entendido en términos actuales no es tan reciente como normalmente pensamos. Sus orígenes se remontan nada menos que al primer cuarto del siglo XIX y en su nacimiento hay un nombre propio que (aunque no es el único) adquiere hoy tintes casi míticos, el de Joseph Kyselak.
Este vienés (1799-1831) pertenecía a una familia acomodada y disfrutaba de un confortable puesto de funcionario en el registro de la capital austriaca. Además era un excelente escalador.
Cuando apenas tenía veinte años hizo una apuesta con sus amigos más cercanos: en tres años su nombre pasaría a ser conocido en todo el Imperio Austro-Húngaro.
Aceptada la apuesta, Kyselak aprovechó sus meses de vacaciones para escribir su apellido en los principales edificios del Imperio y en las zonas montañosas más visitadas. En apenas unos meses Kyselak pasó de ser un total desconocido a ser un apellido conocido por todos sus compatriotas.
Ganada la apuesta, Joseph Kyselak no abandonó su actividad sino que la continuó entendida ahora ya como un reto personal.
El uso repetido de un término (en este caso su apellido) es una técnica utilizada hoy en día por graffiteros de todo el mundo. Además, Kyselak se adelantó a todos ellos con su intencionalidad marcadamente propagandística y no meramente circunstancial (ambos aspectos recuerdan, por ejemplo, al famoso SAMO de Basquiat).
Finalmente, Kyselak aportó un último componente que prefigura el graffiti contemporáneo: la rebeldía. En este sentido se cuenta una anécdota que nos habla de la preocupación que las autoridades sintieron ante la actividad de Kyselak y la reacción inconformista de éste. Según esta historia, el propio emperador Francisco I llamó a Kyselak a palacio para exigirle que cesara en su actividad. Aunque durante la entrevista el joven pareció aceptar las órdenes del gobernante, cuando abandonó la sala, el emperador vio con estupor que Kyselak había escrito su apellido y la fecha en la mismísima mesa de trabajo de Francisco I.
Como si de una premonición más se tratara, Joseph Kyselak falleció temprana y trágicamente al contraer el cólera (por su obstinación en comer fruta fresca todos los días) cuando apenas contaba con treinta años de edad.
La figura de Kyselak está despertando cada vez más interés entre los especialistas. De hecho se han realizado varios documentales sobre su vida y se ha creado una fundación con su nombre cuya página web puedes visitar desde AQUÍ.
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