Uno de los mayores dramas que ha sufrido nuestro patrimonio artístico se desarrolla en el verano trágico de 1936, cuando al inicio de la Guerra Civil se produjo el incendio del Monasterio de Sijena y con ello la destrucción de las pinturas de su Sala capitular, uno de los mejores conjuntos de pintura medieval de toda Europa.
El Monasterio fue fundado en 1188 por la reina Doña Sancha, esposa de Alfonso II de Aragón, y confiado a la Orden de San Juan de Jerusalén.
Contaba el cenobio con una iglesia de una nave y planta de cruz, cubierta con bóveda de cañón apuntado en dicha nave y crucería en el crucero. Un claustro, que como es habitual, constituía el epicentro constructivo del conjunto, y a su alrededor diversas estancias comunales, de entre las cuales destacaba principalmente la Sala Capitular. Una edificación singular, en primer lugar por sus dimensiones, pues ocupaba prácticamente todo el ala oriental del claustro, también por su estructura formal, ya que al ser un espacio rectangular y de amplia anchura se cubría con arcos apuntados diafragma sobre los que se disponía una magnífica techumbre mudéjar, pero sobre todo por sus excepcionales pinturas.
Las pinturas de la Sala capitular del Monasterio de Sijena, que habría que fechar alrededor del primer cuarto del S. XIII, conformaban un conjunto realmente espectacular, pues las pinturas ocupaban prácticamente todo el espacio del recinto aportando una riqueza y suntuosidad únicas. Así en los muros de la Sala se desarrollaron escenas del Nuevo Testamento; en las enjutas de los arcos diafragma, temas del Antiguo Testamento, del Génesis principalmente; motivos florales y zoomórficos en las partes altas de los arcos; y la genealogía de Cristo en el intradós de los arcos. Un conjunto único, que saldría a la luz en 1882, al retirar las capas de yeso y cal con que se habían cubierto con anterioridad.
Su estilo resulta singular en el contexto artístico peninsular del momento, y por ello su autoría sigue suscitando controversias: ya José Gudiol hablaba del “Maestro de Sijena”, y ya intuía su relación con el miniaturismo inglés de la época, que a su vez estaría fuertemente impregnado de un estilo de tradición bizantina, capaz de sustituir en esas fechas el tono rígido, hierático y lineal de la pintura románica, por un estilo mucho más realista, variado, expresivo y sobre todo lleno de un colorido y luminosidad excepcionales. Esta ”tesis inglesa”, defendida en la actualidad, encuentra puntos de contacto entre las pinturas de la Sala Capitular de Sijena y el Salterio de Canterbury (conservado en la Biblioteca Nacional de París), la Biblia de Winchester (Catedral de Winchester), la Hoja Morgan y el Salterio de Westminster, por ejemplo.
En 1936, con el estallido de la Guerra Civil, el Monasterio será incendiado con consecuencias fatales para las pinturas de la Sala Capitular. La techumbre mudéjar se destruye y la mayoría de las pinturas desaparecen con el fuego, y si bien algunas se salvaron y fueron a parar al Museo de Arte de Cataluña (MNAC), donde se encuentran en la actualidad, perdieron por efecto del calor y el fuego la intensidad del color y la luz que remarcaban su singularidad.
Con todo y con eso, el Monasterio, que fuera restaurado, merece una detenida visita que de momento podemos sustituir de forma virtual de varias formas: pulsando AQUÍ, encontramos un análisis exhaustivo del Monasterio y sus pinturas, con un repertorio de fotos en blanco y negro, obtenidas con anterioridad al incendio de la Guerra Civil. Una visita virtual al Monasterio en su conjunto podemos obtenerla con las fotos que aparecen en la voz correspondiente de la Gran Enciclopedia Aragonesa (AQUÍ). Los restos que se conservan en el MNAC, pueden verse AQUÍ. Completamos además este artículo con un vídeo que trata de reconstruir virtualmente el conjunto pictórico de la Sala Capitular.