| Bécquer en Veruela |
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"Cuando en 1864, Gustavo Adolfo Bécquer acude a Veruela en busca de un clima saludable para sus fatigados pulmones, el Monasterio está abandonado. En 1919 fue declarado monumento histórico-artístico, y empezaron a ocuparse de él. Pero Bécquer fue quien lo sacó del olvido con sus "Cartas desde mi celda" publicadas en "El Contemporáneo". En la carta novena, el poeta recoge la leyenda de la fundación de Veruela por Pedro de Atarés, señor de Borja, que, persiguiendo a una cierva, se extravió en las breñas del Moncayo y se salvó gracias a una aparición de la Virgen, de quien era muy devoto, y que le dejó en prenda de su visita y protección una imagen de La Aparecida. Según los "Monumentos Españoles" [...] el monasterio de Nuestra Señora de Veruela fue fundado por Ramiro II, rey de Aragón [...] Comenzaron las obras en 1147. El templo se consagró en el primer tercio del siglo XIII. De esa época son la iglesia, claustro, sala capitular, biblioteca, locutorio, refectorio, correctorio, cocina, [...] Del XVII son la sacristía, el claustro posterior y las celdas. En una de éstas se instaló Bécquer, creyéndola probablemente más antigua. Al poeta, aunque culto y aficionado a las antiguallas (recordad sus páginas admirables sobre Toledo), no le preocupa demasiado la exactitud de fechas ni aun de estilos; tampoco le interesa determinar la de la leyenda de la fundación, en la que seguramente se ha basado, más o menos, para esas leyendas suyas de "Los ojos verdes" y "La corza blanca", transformando a la santa aparición de la Virgen en una aparición diabólica con ese amor de los contrarios tan permanente en los escritores españoles, y tan agudo en los románticos. Con estas vagas inexactitudes, Bécquer deja en el lector una inolvidable impresión de Veruela, con el "viento que gime a lo largo de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio o corre subterránea atravesando sus claustros sombríos y medrosos", o "con sus arcos ojivales, sus torres puntiagudas y sus muros almenados e imponentes. [...] Al abrirse la puerta, "una larga fila de olmos, entre los que se elevan algunos cipreses, deja ver en el fondo la iglesia bizantina, con su portada semicircular llena de extrañas esculturas". Apuntemos que cuando Bécquer habla de bizantino [...] se refiere al que hoy llamamos románico. [...] Y a la tímida luz de un fósforo "pueden distinguirse las largas series de ojivas, festoneadas de hojas de trébol, por entre las que asoman, con una mueca muda y horrible, esas mil fantásticas y caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas..." ¡Ah, deliciosa Edad Media de los poetas del pasado siglo, Bécquer o Hugo, llena de gárgolas y encajes, terciopelos y endriagos, pajes y romanzas, cánticos y exequias!...¡Edad Media con música de Verdi o Donizetti!... Bécquer vibra como un diapasón purísimo, en simpatía con las vibraciones imperceptibles del ambiente. Lee "La tempestad" o "Macbeth" de Shakespeare, "Caín" de Byron, dejando vagar su mirada, de vez en cuando, por las laderas del Moncayo. [...]" (Julián Gállego: "Bécquer en Aragón", en "Temas de cultura aragonesa", 1979) Otros artículos de esta sección...
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