| El cine en la literatura |
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| Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA) |
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“Nació incluso un arte más: el cine. Con él no llegó solamente un espectáculo popular, sino un nuevo medio de descubrir, acentuar y aun poetizar la realidad. Su especificidad era difícil de definir y mientra Elie Faure hablaba de “una música que entraba por los ojos”, Jean Epstein prefería relacionarlo con la poesía, y otros como Antonin Artaud con una prefiguración del arte total. En el mismo entraban influencias tan variadas como el teatro, la dramaturgia japonesa o las concepciones escénicas del music-hall; dio, sin embargo, al creador de vanguardia mucho más de lo que pudo tomar: en primer lugar hizo habituales las imágenes de formas de vida –especialmente de la realidad americana-- que se grabaron intensamente en la imaginación de los escritores; en segundo término, influyó en la técnicas presentativas de la novela, del teatro y hasta de la poesía, a las que dotó de la inmediatez y la intencionalidad que descubrimientos como el montaje o el primer plano hicieron posible en el cinematógrafo; en otro plano, la actitud receptiva y admirada del espectador --sentado durante horas ante una materia hecha de luz inmaterial-- parcía ser una metáfora afortunada de la sorpresa y del juego de imaginaciones propiciado por el arte de vanguardia; en último pero no menos importante lugar, su aspecto industrial, sus primeros mitos del “star-system”, la brillantez con que vivían aquellos galanes, charolados y aquellas mujeres de cabellos rubios y piel satinada, hicieron soñar a modistillas y a intelectuales con idénticos horizontes de vida. Aunque España no tuvo un cine importante hasta los años 30 (Luis Buñuel es una caso aparte), los escritores españoles se refirieron largamente al nuevo mundo recién descubierto. Para un Francisco Ayala, por ejemplo, “el creador (de cine) se mueve, sin otra guía que su intención estética, en un orbe de cosas, de sensaciones, de ideas que se presenta revuelto y ajerarquizado a los ojos de su alma. Allí habrá de elegir --nótese el alto significado de la palabra-- las piezas necesasrias para formar sus máquinas --perfectamente inútiles y sin correspondencia en la ordenación natural del mundo. Colocará un alba junto a un anochecer; un cabo suelto de músico junto a un brazo femenino; la idea de una botella junto a la sensación de un perfume hasta lograr un bello mosaico”. Estas palabras escritas en 1929, evocadoras de la sugestiva promiscuidad de un bodegón de Braque o --quizá más-- del primer surrealismo, revelan el estrecho parentesco del cine y del arte vanguardista: gratuidad (“sin correspondencia en la ordenación natural del mundo”) y elección intencionada de elementos reales inquietantes. El cine era “otra” realidad que podía erosionar la nuestra: en su novela “El incongruente” (1922), de la que volveremos a ocuparnos, Ramón Gómez de la Serna hacía que su protagonista encontrara su verdadero destino al vese a sí mismo en una pantalla cinematográfica; en “Locura y muerte de Nadie” (1929) de Benjamín Jarnés, la imagen cinematográfica tiene una misión similar. Y la “realidad” aparencial del cine aún tenía detrás otra realidad que fascinaba al arte adolescente: sobre el dorado mundo de Hollywood Ramón Gómez de la Serna escribió una deliciosa novela como “Cinelandia”(1925); sobre Greta Garbo escribió César M. Arconada una biografía y Francisco Ayala un delicioso cuento titulado “Polar Estrella”; sobre los cómicos del cine norteamericano escribió Rafael Alberti sus conocidos poemas “Yo era un tonto y lo que visto me ha hecho dos tontos”, poco antes de que Federico García Lorca acabara “El paseo de Buster Keaton”. (José-Carlos Mainer: “La Edad de Plata (1902-1939). 1983) Otros artículos de esta sección...
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