| El cine para Benjamín Jarnés |
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| Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA) |
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"Se ve que las metáforas, hace tiempo desechadas por el arte de escribir, puede ahora utilizarlas el cinema. Y con éxito: nos parecen nuevas. Hay ejemplos en la admirable películaAmanecer. Por eso los cineastas desaforados, unilaterales, comienzan a decir que el cinema dejará muy retrasadas a las demás artes. Sobre todo a la literatura. Creen que el cinema, como Ruth, después de recoger lo que dejaron caer los segadores, se meterá en la cama de Booz... y se hará única dueña del granero, casándose con el amo. No haya miedo. Ni Wagner logró expulsar a Schopenhauer en tresillos, ni el más astuto cineasta logrará expresar nunca, fielmente, una teoría de pensamientos. Véase Metrópolis, donde se quiso desarrollar una formidable, una colosal idea, y sólo se consiguió desarrollar una cadena de símbolos. Con toda su pesadumbre —«polvo, sudor y hierr...o»—, con toda su vetustez, con toda su ingenuidad. (Símbolo es una idea al alcance de los niños, un espectáculo mental a precios populares.) ¡Justo castigo a su ambición! La literatura debe cederle al cinema todos sus argumentos usados. No podrá nunca cederle una idea. Podrá cederle el argumento de Lo rojo y lo negro, no el mecanismo, el estupendo mecanismo espiritual de Julián Sorel. Al cinema le basta con la «historia externa». Podremos ver gesticular, no razonar, en la pantalla. El más inteligente —Charlot— expresará emociones sencillas, fáciles, menudas: la genialidad del cinema va por otro camino. El cinema tiene que contentarse con recoger espigas sentimentales, plásticas, simbólicas, emotivas, alusivas... La gran cosecha del cerebro humano quedará siempre en los graneros del arte de escribir. Después de contemplar la película, habrá que leer de nuevo el libro. Ni Lo rojo y lo negro, ni Eupalinos podran ser nunca vistos a precios populares. Ningún espectáculo plenamente humano, es decir, mental. El encanto del cinema es otro. Precisamente se funda en haber hallado la raíz del verdadero encanto; es, a saber, abandonar las raíces —las esencias— de las cosas, y saber andarse por las ramas. Claro es que saltando graciosamente. En el cinema vemos todos los alrededores de las cosas, todas las irradiaciones, todos los ademanes del espíritu. Casi llegamos a conocer espíritus, aunque, por dentro, no podamos verlos funcionar. Vemos resultados, no principios, piel, no estructuras. En el cinema no puede desnudarse un espíritu, como puede desnudarse en la novela. Y el espectáculo más alto del arte, es ver un espíritu desnudo, abierto de par en par ante la luz cruda, bajo la lente. El encanto del cinema es otro. Posee, quizá, las últimas reservas de ese bazar con que las artes han podido ir engañando a los hombres desde que uno de ellos se construyó un caramillo o dibujó en la curva unas patas de reno. Posee todo el instrumental preciso para hacer saltar nuevas chispas de los más viejos pedernales dramáticos. Hijo del Sentimiento y de la Máquina, le han llamado. Y bien llamado. La madre conseguirá lo que el padre ya no logró. El viejo clown, tan cansado de brochazos patéticos, de fermatas engoladas, de procesionales cuartetas, ya mandado retirar, contrajo últimas nupcias con la impetuosa y lozana adolescente, virgen de todo pecado. No faltan quienes todo lo esperan de tan intrépida valkiria. Llegan a pedir el matrimonio prodigio: el arte integral. (¡No tanto, camaradas! La doncella perderá toda su gracia si en el festín de bodas se engulle a sus maduras compañeras. Aunque algo fatigadas, seguirán viviendo muchos años, seguirán dando a luz robustos niños.) El cinema es encantador. Debe ser encantador, o nada. Y su principal encanto lo comparte con la música. Ni uno ni otra duran. Arrebatan, fascinan, arroban —si queréis—, pero no duran. Pasan por el espíritu como un vendaval —o como una ráfaga—, pero no dejan nada en él. A lo más, un poco de temblor. Son buenas para esos momentos en que el hombre se siente un poco viejo y abre su balcón al aire, al sol, a las fuerzas primeras, a un revoltoso niño: a un tiranuelo que hace retemblar toda la casa con un desenfrenado júbilo. El cinema es este tiranuelo. Delicioso tirano futuro, esperanza de auténticas alegrías en el antiguo recinto de las Musas." (La Gaceta Literaria, 1928, n 43: Encuesta a los escritores (El séptimo arte: Cinema, 1928) |