El Paraíso en la otra esquina PDF Imprimir Correo
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Vargas Llosa es nuevo Premio Nobel de Literatura, y desde Artecreha queríamos recordar una de sus obras en las que muestra su relación con el mundo del arte. En su libro “El Paraíso en la otra esquina” repasa la vida y la obra de Paul Gauguin y concretamente en el pasaje que hemos elegido reconstruye la realización de una de sus obras más conocidas: “Manao Tupapau”.


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Estuvo una semana encerrado trabajando sin descanso. Sólo abandonaba el estudio al mediodía, para comer unas frutas, a la sombra del frondoso mango que flanqueaba la cabaña, o abrir una lata de conservas, y continuaba hasta el declive de la luz. El segundo día, llamó a Teha’amana, la desnudó y la hizo tumbarse sobre el colchón, en la postura en que la había descubierto cuando ella lo tomó por un tupapau. De inmediato comprendió que era absurdo. La muchacha jamás podría volver a representar lo que él quería volcar en el cuadro: ese terror religioso venido desde el pasado más remoto, que la hizo ver aquel demonio, un miedo tan poderoso que corporizó al tupapau. Ahora la chiquilla se reía o aguantaba la risa, tratando de devolver a su cara una expresión miedosa, como él le suplicaba que hiciera. Tampoco su cuerpo reproducía su tensión, ese arqueo de la columna que enderezaba sus nalgas de la manera más lujuriosa que Koke vio jamás. Era estúpido pedirle que posara. Los materiales estaban en su memoria, esa imagen que él volvía a ver cada vez que cerraba los ojos y ese deseo que lo llevó, aquellos días, mientras pintaba y retocaba Manao Tupapau a poseer a su vahine cada noche, y alguna vez también en el día, en el estudio. Pintándolo, sintió, como pocas veces antes, qué cierto estaba cuando a esos jóvenes de la pensión Gloanec que lo escuchaban con fervor y se decían sus discípulos allí en Bretaña, les aseguraba: “Para pintar de verdad hay que sacudirse el civilizado que llevamos encima y sacar al salvaje que llevamos dentro”.