Estilo Imperio PDF Imprimir Correo
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

 

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Pero ¿cuántos aceptarían dormir en una cama Imperio, cuántos, en cambio, no se sentirían simplemente escalofriados, y repetirían más o menos lo que dijo Panzini a propósito de la cama del rey Fernando IV en Caserta a la que podría aplicársele perfectamente el lema ¿Para no dormir? “Horrible cama, la del rey Fernando. Caoba y oro. Cuatro grifos le sirven de apoyo, cuatro cabezas helénicas de yelmos desmesuradamente grandes se levantan en los cabezales. Bajo ese baldaquín, en aquella inmensa sala con estucos dorados, sería imposible dormir.” Pero ¿y soñar? ¿Arrigo Heine no evocó un delicioso fantasma precisamente en una habitación con cama Imperio? La habitación de madamigella Lorenza, que es vista así, con una nota grotesca y a la vez patética, por Maximiliano en la segunda de las Notti fiorentine:

“En esta habitación, en la que en seguida nos quedamos solos, ardía un hermoso fuego en la chimenea cosa tanto más de agradecer en la medida en que la habitación era monstruosamente grande y alta. Este enorme cuarto, que sería más apropiado llamar sala dormitorio, tenía algo extrañamente desolado. Mobiliario y decoración, todo llevaba el sello de una época cuyo esplendor se muestra ahora tan polvoriento, y la nobleza tan exánime, que sus reliquias suscitan en nosotros un cierto malestar, cuando no incluso una secreta sonrisa. Estoy hablando del tiempo del Imperio, del tiempo de las águilas de oro, de los penachos ondulantes al viento de los peinados a la griega, de la Gloire, de los banquetes militares, de la inmortalidad oficial por decreto del Moniteur, del café continental hecho con chicoria, del azúcar extraído de la remolacha, de los príncipes y de los duques surgidos de la nada. Pero también tenía su encanto, esta época de patético materialismo... Talma recitaba, Gros pintaba, Bigottini bailaba, Maury predicaba, Rovigo dirigía la policía, el Emperador leía a Ossian, Paolina Borghese se hacía retratar como Venus, casi completamente desnuda, porque la habitación estaba caliente, como el dormitorio en el que nos encontramos madamigella Lorenza y yo.”

La cama era un magnífico mueble:

“Los pies, como en todas las camas del Imperio, estaban formados por cariátides y esfinges. Refulgía de ricos dorados y sobre todo de águilas doradas que se picoteaban como si fuesen tórtolas, tal vez un símbolo del amor bajo el Imperio. Los cortinajes de la cama eran de seda rosa, y como las llamas de la chimenea se transparentaban a través de la tela, me encontré con Lorenza sumergida en una luz de fuego rojiza, y me imaginé que era el dios Plutón que, envuelto por las llamas infernales, sostiene entre su brazos a Proserpina adormecida.”

(Mario Praz: Gusto neoclásico. 1974)