La ética de la estética PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

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Sólo la sensibilidad seduce el alma. Sólo la sensibilidad hace gravitar las conciencias más allá de lo real. Hasta donde alcanza nuestro propio misterio de ser. Sensibilidad explícita e intrínseca. Sensibilidad de la textura, del manto de luz escurriendo sobre el bronce, deleitando la voluptuosidad de la forma haciéndose fluida. Sensibilidad de la luz y del color, del tono y la forma, del tacto breve y la mirada plena. Sensibilidad de la caricia, de rayar el oro, de escuchar un aria, de sorber fragancias...pero sensibilidad también de digerir todas estas sensaciones hasta hacerlas plática interior y anhelo de ser.

Hacer ética de la estética. Convenir en la armonía, en la belleza, en el prurito de saber, en el blanco sobre blanco como modelo y valor. En el placer, en la pasión, en el orden de la naturaleza. Transmutar la visión de una pintura o el acto de bienhablar a concepción del mundo. Hacer de la sensibilidad de la atracción, sensibilidad del querer; de la sensibilidad del alba, plenitud; de la sensibilidad del arte, armonía; de la delicadeza, plenilunio; de la palabra enhebrada, verso; de la creación artística, revivir. Sólo la sensibilidad. La última sensibilidad, la más alta. La que surge de la reflexión y el pulido continuo de los gustos y las ideas. La que supera la mera eventualidad. Porque la plena emoción no muere nunca y siempre cautiva los espíritus educados, que al final descubren el valor que brota y crece más allá de la mera percepción. De ahí la eternidad de las obras de arte, o la eternidad de las musas intemporales, volando paralelas a la propia eternidad de todos los valores verdaderos. Hagamos del mundo el libro impecable que a modo de glosa evocaría la vida. Y desde el principio de esa vida ayudemos al niño a educar su sensibilidad. Que aprenda a dominar todos sus sentidos y al cabo, y sobre todo, transcienda de su fondo su verdadera lectura. No lo bello y lo feo simplemente, ni lo bueno de lo malo, ni auténticos ni falsos, que todo puede bailar al vaivén de modas y momentos. Transcender a un modo de ser y de actuar. Y hacer un arte de cada momento de vivir.