La pintura, poesía visible PDF Imprimir Correo
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

 

000 Rembrandt

“Ut pictura, poesis”, dijo Horacio. “La pintura es poesía muda”, escribe Francisco de Holanda. Ovidio es como un gran retablo. Virgilio hace el oficio de Miguel Angel, porque “la Poesía es más muda que Pintura”. Otro famoso portugués, Manuel de Faria y Sousa, califica la pintura de “hablar visible”. En un admirable soneto, Lope de Vega ha dicho:

            Marino, gran pintor de los oídos,

            y Rubens, gran poeta de los ojos...

y el propio Marino publica un libro, que titula La Galería del Cavalier, donde los poemas hacen de cuadros o de estatuas, retratos y caprichos. Todo lo cual significa que pintura y poesía son equivalentes para un espectador culto del Siglo de Oro. Se lee la pintura de Rubens como se ve la poesía de Marino, con ayuda de un alfabeto, algunos de cuyos signos son todavía inteligibles para un hombre de nuestro tiempo. Otros han cambiado, de tal modo que solo veremos del cuadro lo que sus contemporáneos hubieran considerado superficial...

Es cierto que existe otro lenguaje, de formas y colores, de materia y técnica pictóricas, que ya sentían los artistas y algunos aficionados y que sigue constituyendo el más grande embeleso de un cuadro, la mayor diferencia entre un maestro y sus discípulos, entre un original y su copia. No es por azar por lo que, en una misma época, Rubens, Rembrandt, Velázquez, Poussin y Frans Hals emplean, a veces para decir lo mismo, un timbre pictórico tan diverso. Ya Fray Hortensio Paravicino, el amigo del Greco, habla del modo de distinguir un original de su copia por “un cierto no sé qué perpetuo y escondido, que llaman en rigor manera de pintar”. Y Ustarroz es todavía más explícito: “El primor consiste en pocas pinceladas obrar mucho, no porque las pocas no cuesten, sino porque se executen con liberalidad...”. El arte es hacer mucho de poco... Había, pues, una percepción bastante clara de lo que hoy llamamos calidad, materia y valores de la pintura. Pero no era eso lo que contaba en pirmer lugar, al menos para el público, e incluso para el artista. [...] El cuadro se lee; todos los demás méritos de la pintura no son sino el pedestal que hace brillar más ese contenido, intelectual y visual; ahora bien: nosotros hoy no pasamos del pedestal, la luz se ha apagado o se está apagando".

(Julián Gállego: “Visión y símbolos en la pintura española del Siglo de Oro”. 1968)