L´Absinthe PDF Imprimir Correo
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“L´Absinthe” pertenece al momento álgido del Impresionismo, dos años después de la primera exposición en el estudio del fotógrafo Nadar. Aunque sea un cuadro impresionista, incluso en su intención, está muy lejos de los motivos alegres y de las gamas chillonas de los impresionistas. Degas sacrifica su culto por Ingres a la tendencia del grupo; Ingres no habría tomado como modelo por nada del mundo a dos tipos humanos tan comunes y decadentes: un “bohémien” y una pequeña prostituta atontada por el alcohol. Como tampoco lo habría hecho Courbet, Manet o Renoir, ni lo habría aprobado Baudelaire. Pero Degas no lo hace por polémica social; no juzga, ni condena, ni se complace, ni ironiza. Le basta con descubrir, objetivamente, la solidaridad que une a esas dos figuras con ese ambiente. El descubrimiento del caso humano, dada la capacidad de captación de su aparato pictórico, es casi involuntario (pero este exceso de lucidez lo pago Degas en su vida con la soledad y la angustia).

Veamos cómo funciona su cámara y cuál es la estructura del fotograma. Una gran parte del cuadro está ocupada por la perspectiva oblicua de las mesas de mármol, con una brusca desviación en ángulo agudo. En el cuadro se entra por esta guía obligada, como si nosotros mismos estuviéramos en ese café, en una de esas mesas. La desviación retrasa nuestro encuentro con los dos personajes; nuestra atención se ve detenida, primero, por la botella vacía que hay en la bandeja y, después, dirigida hacia los dos vasos llenos de bebida, casi a causa de una espontánea asociación de ideas. En el primer vaso hay un líquido amarillo, en relación con las cintas amarillas del corpiño de la mujer; en el segundo, un líquido rojo oscuro en relación con el traje, la barba y el colorido del hombre. Se llega así al centro del tema, pero el tema no está en el centro del cuadro. Ninguno de los dos se mueve, están ausentes, faltos de expresión y de gesto; aprisionados en el poco espacio que hay entre la mesa y el respaldo del diván, caen en una perspectiva que la pared de espejos que hay detrás hace aún más incierta y escurridiza. Pero esta nueva perspectiva es la que enfoca las figuras. Antes que la palidez enfermiza de su rostro nos llaman la atención en la muchacha, algunos detalles tristes, casi grotescos: el falso lujo, totalmente profesional, de los lazos blancos que lleva en sus zapatos, de los adornos de su corpiño y de su inestable sombrero; y en el hombre, su vulgaridad corpulenta y sanguínea y su estúpida presunción. Es una humanidad macilenta y desaprovechada, detenida en el tiempo vacío y en el espacio quieto, fría como el mármol de las mesas mal lavadas, gastada y desteñida como el terciopelo de los divanes, turbia como los oscurecidos espejos. A pesar de la frialdad del análisis, la sensación visual está ahí, intacta; no ha sido profundizada, interpretada, ni elaborada; el significado humano está implícito en el dato visual. Por tanto, la impresión visual no es un limitarse a ver renunciando a comprender; es un nuevo modo de comprender y de permitir comprender muchas cosas antes no comprendidas. Así desata Degas la atadura que aún ligaba a la sensación visual impresionista con la emoción romántica. Precisamente él, profundamente ingresiano, se libera del complejo de inferioridad que el propio Cézanne e incluso Renoir sentían frente a la perfecta lucidez de Ingres. Para él, tan sensible a la realidad de su época, lo clásico ya no es ni belleza ni razón sino, simplemente, rechazo del sentimiento en aras de una objetividad superior.”

(Giulio Carlo Argan, El arte moderno)