| Madison Avenue: avenida de la Publicidad |
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| Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA) |
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“De ese modo la era de la inocencia llegó a su fin y dio paso al amanecer de la era del cinismo. Consumidores escépticos y hostiles, profundamente heridos por el Vietnam y a quienes el Watergate volvió cautelosos, se pusieron en contra de Madison Avenue y su versión del llamado sueño americano. Fue Ralph Nader quien encabezó la revuelta contra los persuasores ocultos y los buhoneros de la publicidad subrayando su predisposición a las verdades a medias, a las exageraciones y a las representaciones engañosas. Y no estaba del todo equivocado. Durante la década de los años cincuenta, los ejecutivos de la avenidad de la Publicidad habían creado anuncios que jugaban engañosamente y sin demasiadas preocupaciones éticas con el público. Colocaban bolas de mármol en un tazón de sopa para que de ese modo las pocas verduas que contenía el producto salieran a flote por encima; utilizaban crema de afeitar de un espray para adornar un postre, en sustitución de la nata auténtica, para que adquiriera un aspecto más rico y atractivo. Y vestían a actores de médicos y permitían que éstos recomendaran médicamente. [...] Los anuncios de la década de los sesenta fueron igualmente vacíos de contenido aunque sí un poco más sofisticados. Madison Avenue daba por segura la inocencia de los consumidores y los consideraba como a niños de diez años. Los creadores de anuncios recurrieron a los trucos publicitarios en sustitución del engaño, como principal instrumento de persuasión. La Braniff Airlines pintó sus aviones con colores audaces y dibujos creados por el pintor Alexander Calder y vistió a sus azafatas con uniformes obra del modisto Emilio Pucci. La campaña publicitaria se culminaba con el eslogan “The End of the Plain Plane”, pero no mencionaba en absoluto qué había en aquel avión que favoreciera a los pasajeros. [...] Los años sesenta fueron los tiempos en que Tony el Tigre rugía fuertemente a los niños para decirles que los Kellogg´s Frosted Flakes eran g-r-r-reat, pese a que contenían una exagerada dosis de azúcar, y el niño de los buñuelos Pillsbury chapoteaba en el agua por encargo de unos buñuelos helados que se mantenían en condiciones a base de productos químicos y conservantes. Un rudo cowboy de saludable aspecto se convirtió en el símbolo de apoyo a Marlboro, galopando hacia una puesta de sol, respirando el aire claro y fresco del salvaje Oeste entre bocanadas de humo de cigarrillos que causan el cáncer. Con unas referencias como éstas no puede sorprender a nadie que los ejecutivos de publicidad aparecieran al final de las listas de las “profesiones más respetadas” por el público, por debajo de los vendedores de pólizas de seguros y de los propietarios de casas de empeño. [...] Quedó claro que los viejos trucos y tretas publicitarias pasados de moda de Madison Avenue habían perdido toda relevancia para el ciudadano medio. En resumen, estábamos viviendo en una nueva era.” (William Meyers: “Los creadores de imagen. Poder y persuasión en Madison Avenue”. 1984) |