| Roma se baña |
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“El agua fluye ininterrumpidamente hasta las pilas y bañeras, y es tan clara, que “te parece ver el mármol directamente”, y el fragor es tal, que a veces hay que gritar para hacerse oír; el agua fluye de todas partes, de las paredes y de las estatuas. […] Para el caldarium de las termas imperiales de Tréveris, que tiene un volumen de 29.000 metros cúbicos, se han hecho los siguientes cálculos: siendo la temperatura exterior de 0 grados, el suelo tiene que estar a 61 grados para que la habitación se mantenga a 25. […] Esto hace suponer que solo se podía entrar en el caldarium calzado con sandalias de madera (dos esclavos que habían flagelado a su señor le pusieron sobre el suelo ardiente para comprobar si todavía vivía). […] El combustible era la madera; las termas deben haber consumido bosques enteros. La leña era cuidadosamente escogida y secada previamente; de esta forma había menos humo. […] Los clientes eran, en general, personas de elevada condición. Los pobres acudían a unos rudimentarios baños públicos (balnea). Parece ser que en el siglo I había ya miles de ellos en Roma; en tiempos de Plinio eran innumerables. Los hombres y las mujeres se bañaban siempre por separado, a horas distintas, en edificios diferentes o en partes distintas del mismo edificio. El baño mixto estaba considerado como un abuso tácitamente tolerado, un escándalo de prostitutas y cortesanas. Los baños también podían tomarse de noche (en Pompeya se encontraron en las termas miles de lámparas de aceite), pero, de todas maneras, estos baños nocturnos eran una excepción. Se acudía a los baños para realizar un acto social. Relojes de agua con percutidor y relojes de sol indicaban la hora. Las quejas de Séneca, que en Bajä vivía precisamente sobre las termas, dan una angustiosa imagen óptica de la vida en el baño: “Imagínate de golpe todos los tipos de tonos que molestan a cualquiera que tenga oídos. Cuando los más fuertes hacen sus ejercicios corporales y levantan sus pesas, cuando ya están cansados, oigo sus bufidos, silbidos y jadeos al expulsar el aire contenido. Pero si me tropiezo con un ocioso que se contenta con dejarse dar masajes a lo plebeyo, entonces oigo las palmadas de la mano (del masajista) sobre sus espaldas, que cambian el tono según la mano esté plana o curvada. Para completarlo, viene un jugador de pelota, que cuenta las veces que hace rebotar el balón ; entonces ya estoy perdido. Añade a esto solamente un camorrista, un ratero cazado y un cantante a quien le gusta oír su propia voz en los baños ; pon, además, el agua ruidosa que cae a borbotones en las piscinas. Aparte de estos ruidos, que por lo menos son sonidos naturales, imagínate todavía un empleado cuya misión es depilar a los bañistas, y que, para hacerse notar, levanta una y otra vez su voz aguda y chillona, y que solo calla cuando puede arrancar a alguien los pelos bajo las axilas y entonces chilla otro en su lugar. Finalmente, los diversos gritos del cocinero, del vendedor ambulante, del de golosinas y de todos los sirvientes de las bodegas, que se dedican a alabar sus mercancías a la vez, con su peculiar y penetrante tono de voz”. (En: Hans Sedlmayr: “Épocas y obras artísticas. Las termas imperiales romanas”, 1965) (Imagen de cabecera: Baños romanos de Bath, Inglaterra) Otros artículos de esta sección...
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