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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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“Lo que nosotros entendemos por retrato, la representación fiel del aspecto de un individuo, es un concepto ajeno a la mentalidad griega del siglo V, que considera al individuo como representante de un conjunto de orden superior, de un tipo, y para la cual, por tanto, la personalidad equivalía al carácter. Como consecuencia sería absurdo suponer que el retrato de Pericles por Krésilas reflejara el aspecto físico del estadista. Importa también señalar que el arte griego en toda su historia, no admite retratos de cabeza ni de busto, sino, únicamente, de cuerpo entero, y que el interés por la cabeza que se despierta en Roma sería a los ojos de un griego una bárbara mutilación.
En la Grecia del siglo IV entran en juego factores que contribuyen a dar entrada en el arte a algo que remotamente recuerda a lo que más tarde se entendería por retrato. Atenas, agradecida a todos aquellos que contribuían a aliviar un poco su amarga situación, levanta estatuas a personajes como Konón, a los generales Chabrias e Iphikrates, y a otros cuya efigie interesaba conservar con fidelidad. Algo parecido acontece con los intelectuales que poseían círculos de discípulos y admiradores que tributaban a la personalidad del maestro una especie de culto; así, los discípulos de Sócrates y Platón, los admiradores de Sófocles, de Lisias, de Tucídides. Las muchas copias de los retratos de todos éstos permiten deducir que sólo se representa en ellos aquella porción de lo individual que enaltece y honra al personaje retratado. El escultor que hace el más antiguo retrato de Sócrates --para limitarnos a un ejemplo claro-- acentúa el parecido del filósofo con la idea que los griegos tienen de Sileno y de este modo lo eleva al plano de lo mítico. Trátase, en rigor, de un retrato espiritual, fundado en la doctrina de Sócrates y que representa, como Jenofonte y Platón le hacen decir, “su interioridad y no su aspecto”.
(Blanco Freijeiro: “Arte griego”. Instituto Español de Arqueología. 1982)
(Imagen de cabecera: Sócrates. Roma. Museo de las Termas) |
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Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)
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El mundo del cómic parece en ocasiones un mundo exclusivamente masculino. Es muy reciente la aparición de las primeras mujeres autoras de historias gráficas y más reciente aún el interés de la crítica por su trabajo.
CLAIRE BRETÉCHER (Nantes, 1940) es considerada por la mayor parte de los críticos como una pionera pese a que su primera publicación (Les États d'âme de Cellulite) es, sólo, de 1972. La popularidad de sus creaciones vino acompañada de una excelente acogida por parte de la clase intelectual de su país. Roland Barthes llegó a decir de ella que era la "mejor socióloga francesa".
En Norteamérica la pionera del cómic feminista es MARY FLEENER (1951) de estética y planteamientos mucho más radicales que los de Bretécher.
A una generación más actual pertenecen otras dos autoras norteamericanas que están llevando a cabo una reinterpretación del género muy interesante. Se trata de JULIE DOUCET (1965) y JESSICA ABEL (1969).
Os recomendamos que visitéis sus respectivas páginas web porque no sólo podréis disfrutar de la calidad de su trabajo sino, también, para comprobar hasta qué punto las cuatro exploran vías creativas diferentes (y, quizás, complementarias) dentro del mundo del cómic.
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)
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"Por singular desventura, las pocas obras que Leonardo terminó en sus años de madurez han llegado a nosotros en muy mal estado de conservación. Así, cuando contemplamos lo que queda de la famosa pintura mural de Leonardo, La última cena, tenemos que esforzamos por imaginar cómo pudo aparecer a los ojos de los monjes para los cuales fue pintada. La pintura cubre una de las paredes de un recinto oblongo, empleado como refectorio por los monjes de! monasterio de Santa Maria delle Grazie en Milán. Hay que imaginarse el momento en que la pintura era descubierta cuando, junto a las largas mesas de los monjes, aparecieron las imágenes de Cristo y sus apóstoles. Nunca se había mostrado con tanta fidelidad y tan lleno de vida el episodio sagrado. Era como si se hubiera añadido otro comedor al de ellos, en el cual La última cena había alcanzado forma tangible. ¡Con cuánta precisión caía la luz sobre la mesa confiriendo cuerpo y solidez a las figuras! Acaso lo primero que maravilló a los monjes fue el verismo de todos los detalles, los platos sobre el mantel y los pliegues de los ropajes. Entonces, como ahora, las obras de arte eran juzgadas a menudo por la gente culta en razón de su naturalismo. Pero ésta pudo haber sido tan sólo la reacción primera. Una vez que admiraron suficientemente su extraordinaria ilusión de realidad, los monjes considerarían de qué modo había presentado Leonardo el tema bíblico. No había nada en esta obra que se asemejase a las viejas representaciones del mismo asunto. En esas versiones tradicionales, se veía a los apóstoles sentados sosegadamente en torno a la mesa -solamente Judas quedaba separado del resto-, mientras el Cristo administraba serenamente el sacramento. La nueva representación era muy diferente de cualquiera de esos cuadros. Había algo dramático y angustioso en ella. Leonardo, como Giotto antes de él, había retornado al texto de las Escrituras, y se había esforzado en hacer visible el momento en que el Cristo pronuncia las palabras: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará», y muy entristecidos, cada uno de los apóstoles le dice: «¿Acaso soy yo, Señor?» (Mateo 26, 21-22). El evangelio de san Juan añade que «Uno de sus discípulos, el que el Cristo amaba, estaba a la mesa aliado del Cristo. Simón Pedro le hace una seña y le dice: "Pregúntale de quién está hablando." Él, recostándose sobre el pecho del Cristo, le dice:"Señor, ¿quién es?"» (Juan 13, 23-25). Es este preguntar y señalar el que introduce el movimiento en la escena. El Cristo acaba de pronunciar las trágicas palabras, y los que están a su lado retroceden asustados al escuchar la revelación. Algunos parecen hacer protestas de su inocencia y amor; otros, discutir gravemente acerca de lo que el Cristo puede haber dado a entender; y otros más, parecen mirarle ansiando una explicación de las palabras que acaba de pronunciar. San Pedro, el más impetuoso de todos, se precipita hacia san Juan, que está sentado a la derecha del Cristo. Como si murmurase algo al oído de san Juan, inadvertidamente empuja hacia adelante a Judas. Éste no se halla separado del resto, y sin embargo parece aislado. Él es el único que no gesticula ni pregunta; inclinado hacia adelante inquiere con la mirada algún indicio de sospecha o de ira, en contraste dramático con la figura del Cristo, serena y resignada en medio de la agitación. Nos gustaría saber cuánto tardarían los primeros espectadores en darse cuenta del arte consumado con que se ordenó todo este movimiento dramático. A pesar de la agitación causada por las palabras del Cristo, no hay nada caótico en el cuadro. Los doce apóstoles parecen formar con toda naturalidad cuatro grupos de tres, relacionados unos con otros mediante gestos y movimientos. Hay tanto orden en esta variedad, y tanta variedad en este orden, que no se acaba nunca de admirar el juego armónico y la correspondencia entre unos movimientos y otros.
Un testigo ocular nos refiere que vio a menudo a Leonardo trabajando en La última cena; afirma que subía al andamio y podía estarse allí días enteros con los brazos cruzados, sin hacer otra cosa que examinar lo que había hecho, antes de dar otra pincelada. Es el fruto de este pensar lo que nos ha legado, y aún en su estado ruinoso, La ultima cena sigue siendo uno de los grandes milagros debidos al genio del hombre."
E. GOMBRICH: Historia del arte |
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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“El gran historiador y filósofo del arte Henri Focillon comparó el arte del libro al de la arquitectura y de la música. Según sus palabras ningún arte tiene tanta necesidad de armonía y simetría como la tipografía. Al igual que la fachada de un edificio la página de un libro está compuesta de partes de luz y de sombra, de planos calmados y elementos constructivos. En el arte del libro son esenciales los materiales y su disposición, la armonía y simetría de los detalles y el conjunto. El blanco del papel y la tinta de los textos e ilustración pueden ser a la vez un edificio pero también un canto. El ritmo de cada página y su sucesión pueden muy bien comaparse al de una composición musical. Aquel que en una biblioteca silente abre las páginas de un libro recibe una impresión o disfruta un goce análogo al que al pasear en una ciudad contempla las fachadas de las casas o que en un auditorio escucha la sucesión de sonidos de una pieza de música.
La textura y el color del papel, su espesor y su grano, su transparencia y sus filigranas, su capacidad de absorción de la tinta, el ser fabricado a mano o su factura industrial influyen poderamente a la hora de valorar el libro. No se diga ya de los caracteres de imprenta. El manuscrito original realizado caligráficamente a mano o por medio de la máquina de escribir, pero siempre creado con el dictus del escritor pasa a ser un libro tan pronto como el editor lo traslada a las prensas. La historia de la creación de los caracteres tipográficos constituye el punto de partida de lo que será el arte de la imprenta moderna, que va desde las letras talladas en madera hasta los modernos caracteres de los aparatos electrónicos, pasando por los caracteres de metal fundido. Las letras cada una con su cuerpo son el alma y vida del texto. Desde los caracteres góticos hasta las letras modernas de un constructivista ruso o de un discípulo de la Bauhaus hay un mundo de distintas concepciones del arte y de la vida.”
(Antonio Bonet Correa: “Aspectos del libro de Arte en España”. En: “La Cultura del Libro”. 1983)
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Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)
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Le Cercle Guimard es un blog dedicado de manera monográfica a la figura del arquitecto francés Hector Guimard (Lyon, 1867 - Nueva York, 1942) gran figura del Art Nouveau internacional.
Popularmente conocido por sus diseños para las estaciones del metro de París, Guimard tiene una obra amplia y de calidad que merece la pena conocer.
En Le Cercle Guimard encontramos un primer menú titulado simplemente Hector Guimard, que tiene un carácter más estable con amplia información sobre la biografía, la obra, las referencias bibliográficas, fílmicas, etc., del arquitecto.
En el segundo menú, Le Cercle Guimard, se van añadiendo noticias, enlaces, novedades..., siempre con Hector Guimard como tema central, aunque con un carácter más dinámico.
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